HAY MALES QUE DURAN MÁS DE 100 AÑOS

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En estos días podéis ver en los cines la película “El niño de barro” protagonizada por Maribel Verdú y el niño Juan Ciancio, en ella además de pasar 100 minutos pegados a las butacas, porque se trata de una película de suspense, encontrareis alguno de los motivos por los que un adolescente se puede convertir en asesino.  

A comienzos del siglo XX, Buenos Aires era uno de los principales focos de atracción de emigrantes. La psiquiatría y la criminología estaban aún en pañales. La policía se guiaba por el método de Lombroso, que defendía que las conductas criminales se adquirían con los años y se manifestaban en especiales características físicas, por eso cuando Cayetano Santos Godino, un chaval de 10 años comenzó a agredir a otros niños, pilló a la policía despistada y aunque fuera sorprendido in fraganti, no sabían que hacer con él y lo devolvían a las calles.  

Detuvieron a Cayetano con 16 años. Había matado ya a cuatro niños y lo había intentado con otros siete, además había incendiado edificios y torturado animales...  Su confesión conmovió a toda la sociedad y como pasó el resto de su vida en la cárcel, murió con 42 años, lo convirtieron en una especie de animal de laboratorio. Fue sometido a las primeras operaciones de cirugía estética, para corregir el tamaño de sus orejas, que le habían dado el sobrenombre de “Petiso orejudo” pensando que en esa desproporción residía su instinto asesino y fue interrogado por numerosos equipos de psicoanalistas y forenses. Por todo ello es el niño asesino en serie más documentado de la historia.  

Pero “El niño de barro” no es un “biopic” del niño asesino, esta justificación lleva al director a construir un relato sobre la impotencia que generan los comportamientos humanos miserables, por eso  aparece la figura de la explotación sexual y laboral de los menores, la del maltrato a las mujeres, la de la intriga manipuladora que es capaz de conducir a las masas a la venganza ciega, la de los poderes corruptos, la de la sociedad pasiva... Por eso el final de la película tiene el efecto catártico de las tragedias griegas.  

En aquella época los niños se criaban en la calle, las familias emigrantes estaban desmembradas y el único apoyo para los padres trabajadores eran sus vecinos.

La era industrial estaba en plena expansión, comenzaba a llegar la luz a los barrios acomodados, se construían las grandes líneas para el ferrocarril, en algunos hogares ya se veían las primeras maquinas de coser, y por aquel entonces Kodak regaló 50 mil cámaras fotográficas con el eslogan “Hacer fotografías es cosa de niños”. También en 1912 se hundió el Titanic, demostrando la fragilidad de aquellos importantes logros.  

En los años 30 Fritz Lang en su “M el Vampiro de Düsseldorf”, una de las primeras películas sobre asesinos de niños, concluía con una sobrecogedora imagen de las madres, en duelo, diciendo, “no dejéis a los niños solos en la calle” es posible que la sociedad tomara  en cuenta aquel angustioso llamado, porque en los países desarrollados, hoy en día, se ven pocos niños jugando en las calles, lo malo es que la mayoría están solos en sus casas o frente a las pantallas de ordenadores, playstations o televisores y en el resto del mundo basta con ojear el último informe de la ONU sobre la infancia para estremecerse con el dato de que 30 millones de niños/as están siendo explotados sexualmente.  

De cualquier forma “El niño de barro no es una película con moralina, es un mazazo en las conciencias, desesperado y sin concesiones, es un grito, amplificado como película de genero, con un mensaje de fondo que actualiza el de la película del “Vampiro”: Solo debemos tener miedo de los niños a los que no hemos protegido.

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